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[Bandfic] Anónimo [1/11].

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1 [Bandfic] Anónimo [1/11]. el Vie 10 Ago 2012, 6:30 pm





Título: Anónimo.
Género: AU, angst, fantasía, misterio.
Número de palabras: 5706
Descripción: Los habitantes saben que en las montañas hay monstruos a quienes la noche pertenece. Casi nadie sabe que son sus ricos quienes matan a las niñas que salen solas después de que el sol se puso y sus parias quienes merman su ganado. Además de los demonios que bañan con miedo la ciudad, nadie sabe porqué cada mes salen a la luz de la luna a blandir colmillos y garras sobre los ensangrentados tejados.
Pareja: Varias, muchas.
Advertencias: Muerte de personaje, dubcon ocasional.
Notas del autor: Mi primer fic seriado desde hace por lo menos seis años. El fic debe ser actualizado semanalmente, así que si ven que el próximo viernes no subo capítulo, pueden spammearme con mps, se los agradecería.




Título del capítulo: Sin Juicio
Número del capítulo: 1/11
Número de palabras: 5706.

"Ahora eres mi hermano. Mi padre
ahora es tu padre y como sus hijos,
tú y yo vamos a vengarlo”

Capítulo 1. Sin Juicio


El aire frío de la ciudad, más alta de lo que la mayoría de las bien habitables en la nación, es perenne. El año entero el lugar es fresco, húmedo. La vegetación, por lo tanto y nutrida de este viento frío que hiela lo huesos, es espesa y oscura, alta. El nombre de la ciudad no importa, porque nadie llega allí salvo uno que otro pobre diablo perdido; No tiene nada que ofrecer y sólo quien tiene un capital importante para moverse en carro, puede salir de ésta sin encontrar su muerte a algunos kilómetros de la última choza de las aldeas colindantes. Las pocas casas que se ven más allá de la neblina y hacia los altos riscos que hay que escalar para encontrar otro más alto en su lugar que eventualmente sea pequeño y deje ver un llano verde y soleado, que todos asumen que está allí, pero que nadie realmente asegura haber visto, son casas pequeñas, chozas de quienes pastorean sus cabras en las montañas y que tienen sólo eso, una o dos cabras flacuchas y saltarinas y que a un forastero, no pueden darle nada.

El que cruza las montañas, las cruza por largos días y en medio de tierra negra pero árida como el pedernal, donde no crece nada, hay cientos de cadáveres botados que muchos no se atrevieron a encontrar. Las rutas de viaje de la ciudad, son casi todas cementerios que los ricos y los forasteros que llegaron con blanca y bienes, se han dedicado a ilustrar en las mentes de los que ni siquiera se atreverían a intentar cruzar. Las montañas están malditas, dicen, y en las montañas donde muere tanta gente, viven los monstruos.

Zi Tao es uno de esos monstruos y Jong In, de pie a su lado, es otro. Mientras los festivales en el pueblo están en su mayor apogeo y todas las calles están llenas de banderas de colores, los cuerpos cubiertos de capas largas que brillan bajo la celebrada luz del sol que se presenta en la ciudad algunas pocas veces al año, poderosa y limpia, sin niebla, sin nubes, ellos están allí de pie, observando mientras hacen plática con algunas de las chicas pobres de la ciudad que no son tan pobres para vivir en las aldeas que rodean la ciudad amurallada, pero que no tienen suficiente dinero para verse diferentes de los pobres de verdad. Mientras se tiran baldes de agua al aire para mojar a los niños y a las mujeres con vestidos muy delgados y se comen dulces típicos, los monstruos se camuflan entre la gente, entre las miradas atentas de las casaderas pobres que les sonríen tímidas detrás de las mangas de sus vestidos y el minúsculo cuerpo policiaco que está esperando a ver qué grupo de muchachos se pone ebrio primero para agarrarlo a palos.

Hay miradas de las que no se han librado y de las que probablemente no se libren porque la luna llena está cerca y nadie en sus cabales dejaría de vigilarlos, al menos no quienes los tienen ubicados como tales. Zi Tao calcula, porque algunos de ellos los han visto transformados, otros a veces entre las callecitas frías y sucias de las afueras de la ciudad bardeada, les han preguntado cosas que nadie tendría por qué preguntarse, que los que conocen, los que saben, son apenas unos siete. Porque se conocen cara a cara, monstruo con monstruo: el gobernador Kim Min Seok, su mano derecha, de nombre desconocido, Lu Han el mozo del burdel, sus amantes Oh Se Hun y Cho Jin Ho, Wu Yi Fan el comerciante y su protegido Byun Baek Hyun. Los nombres se los ha dado casi todos Kyung Soo. Además de esos, están quienes no lo tienen cierto, pero evidentemente sospechan: el carnicero Kim Jun Myeon y el cazador Zhang Yi Xing.

Tantos, que no les es posible acercarse a su blanco, cubierto de blanco de pies a cabeza como si se burlara, con sólo una porción del cuello y un vistacillo de labios dispuestos a la vista del público, pero sus labios y su barbilla son inconfundibles, nadie más en la ciudad entera tiene una mandíbula tan afilada ni unos labios tan pequeños. Eso, ignorando del todo que solo una persona además de Zi Tao, tiene una altura al menos similar, un joven flacucho y idiota con el que no se le puede confundir y que está por allí también, en las carpas de los ricos, descubierto al sol como cualquier ser humano en un día de fiesta, en un día de luz. Pero Wu Yi Fan, no es un ser humano y su mano enguantada que ni una vez se dirige a la copa de vino que le han servido, lo hace evidente.

No necesitan evidencias en realidad, lo saben desde hace años. Zi Tao lo sabe desde que, en una noche de agonizante desesperación, Jong In, sentado en su hamaca en el pórtico de su cabaña, se lo dijo. Tuvo que repetirlo algunos días después, cuando Tao pudo y quiso volver a hablar. Lo que le dijo, esa segunda vez, está grabado con fuego en su memoria.

“Ahora eres mi hermano. Mi padre ahora es tu padre y como sus hijos, tú y yo vamos a vengarlo”

Viven enclaustrados de todo, a las afueras. Pese a que les han visto juntos por años ir y venir a la ciudadela por provisiones, a pagar impuestos, de vez en vez a alguna fiesta de la ciudad, nadie sabe mucho de ellos, salvo que son fuertes y que nadie les daba vivos más de trece años. Dos niños huérfanos, uno que mató a la madre al nacer y siendo niño perdió al padre y otro que, si fuera por constarle a alguien, no nació nunca de ningún vientre y sólo apareció un día ojeroso y en los huesos al pie de la mina. Quien los vio crecer, algunos mineros amigos, algunas mujeres chismosas, cantineros y dueños de puestos en el mercado, cada año en cada fiesta del Sol, comentan, es un milagro que estos muchachos estén vivos.

Zi Tao recuerda sus primeros días en la mina, pero antes de eso, no demasiado. Recuerda haber tenido una abuela que murió, pero no recuerda haber tenido una madre, un padre, hermanos. Ninguno hasta el día en que Jong In, quien prefería ser llamado Kai, una palabra que aprendió por influencia de la ocupación japonesa y que adoptó por nombre cuando adolescente, se cruzó en su camino y casi lo ahogó en el río.

Los recuerdos le vienen a la mente con el sabor de la tierra y el fango que cubre las callejas estrechas por las que un niño con miedo caminaría con las manos hechas puño alrededor de la camisa y así se recuerda, cuando era pequeño y su vida no tenía aún un sentido, cuando iba de aquí a allá, mugroso y triste, pidiendo un poco de comida, con la piel pegada a los huesos y un pozo eterno en el estómago.

En ese entonces no picaba, no tenía que pasar diez horas al día buscando piedrecillas coloridas entre la roca dura del socavón, era un niño y antes de que su trabajo fuera mover los carros sobre el riel, de arriba abajo, acarreando el trabajo de otros mineros adultos, pedía día y noche en las calles sin esperanza de una ciudad tan pobre como él. ¿Cuando pidió trabajo, joven y frágil como florecillas recién brotadas pero con voluntad dura como el hierro, llorando porque estaba muriendo de hambre, hambre real y dura que se quita a los días del estómago pero nunca del alma, quién le dijo que el único que iban a darle, recién lo había perdido a la muerte un niño de su edad y de su tamaño? ¿Quién le dijo que la probabilidad de que muriera sobre el riel, arrollado por un carro pesado, era altísima? Nadie y sin embargo, lo sobrevivió cerca de un año, entonces todos los mineros se lo dijeron.

Cuando uno una tarde dijo “Este chico es fuerte. Ha sobrevivido a este trabajo más que ninguno antes”, el joven niño, de apenas doce años, se dio cuenta de que había estado viviendo con un pie en el umbral a más allá de donde se puede volver y que le debía su sobrevivencia al hermano al que le profesaba el más terrible resentimiento, al que hablaba poco y trataba mal. Aquella mañana cual noche en la oscura mina, acarreó piedras y penas por horas, con las mejillas mojadas de sal.

Tendría que callar a su alma si tuviera que decir que había perdonado todas las cosas que Jong In, Kai, había hecho mal, las tantísimas que lo habían lastimado, hasta la peor de todas, aún peor que arrebatarle su humanidad. No, no podría y sin embargo, estaba tan convencido de su linaje, de su sangre, de su hermandad, que flaquear en su lazo, en su confianza, estaba fuera de discusión y él lo reprobaba, él mismo. Si le debía su vida a Kai, le debía su respeto y su dedicación, le debía la tarea para la que lo había salvado y convertido en su hermano aquella tarde oscura y mojada hacía ya siete años.

En ese entonces tenía once y algunos meses de trabajar en la mina. El hambre, el gas, el polvo, la fatiga y la calle lo habían convertido en poco más que otro trocillo de carbón en aquella zanja del demonio que le abría la tierra como una puerta al infierno y que era toda su vida. La oscuridad era su casa y afuera de ella sólo conocía el cobijo en un plato de fideos al día y su celda, en aquel edificio enorme lleno de otros mineros, otros trabajadores que sólo tenían el dinero necesario para pagar una cama, la mayoría jóvenes con aspiraciones fuera del pueblo que en algunos años desaparecerían en las montañas y no darían noticia jamás.

A veces escuchaba a los compañeros borrachos cantar, a veces se unía a su canto y a veces, cuando no estaban muy ebrios, en vez de palos, le daban la bienvenida a la fiesta, sin darle alcohol porque eso era para quien lo pagaba y él ganaba poco más que para sobrevivir, ahorraba de centavo en centavo para comprarse calzas una vez que se gastaba las anteriores del todo.

Recuerda especialmente la ola de inseguridad que desató un dramático cambio en la economía del pueblo cuando uno de los caciques, aunque ciertamente eso lo aprendió después, cuando Kai se lo contó, propuso al gobernador y consiguió alzar de tal modo los impuestos que de pronto, la mayoría de quienes vivían a su alrededor dejaron de poder pagar sus camas. Todos en la mina empezaron a comentar que las cosas se habían vuelto muy caras, que no alcanzaba para alimentar a sus hijos y él se dio cuenta una tarde que había dejado de ganar suficiente para ahorrar y empezó a gastarse el dinero de sus calzas para comer. Las fiestas se volvieron escasas en el refugio y los cantos casi siempre conducían a golpes si es que se dejaba ver.

Todos tuvieron que alargar sus turnos y de pasar a trabajar seis horas diarias, tuvo que trabajar diez, con zapatos tan gastados y manos tan ajadas que la piel se le partía de tal modo que donde hubiera palma y planta no había más que cicatrices nuevas sobre viejas y sangre en toda su ropa. No lloraba porque nadie lo escucharía y porque no se dejaba pensar en qué sería de él, no se dejaba vencer. Su alternativa era robar, como el resto de los que tenían el agua al cuello de deudas y de hambre, estaban haciendo, pero él lograría ganarse la vida honradamente, como su alma le decía que tenía que ser.

A veces, cuando el hambre era mucha, cuando el dolor era mucho y pasaba afuera de los fumaderos de opio, llenos de gente embargada hasta los bolsillos, inmersos en su alucinado mundo de felicidad, se quedaba pensando hasta altas horas de la noche y cuando no había ni una estrella en el cielo, ni un atisbo de luz, se sentía en casa, en medio del olor de la drogadicción y la oscuridad que era casa de sus pensamientos, la mina, el refugio detrás de sus párpados, la noche llena de vida sin color.

La noche nunca fue segura, pero Zi Tao no lo supo hasta que fue mayor, Zi Tao nunca supo que estar de noche sentado al pie de una casa de citas, oyendo las risas de los viejos ricos y las putas, que adoraba simplemente por ser risas, por haber música, oculto entre arbustos para que nadie lo echara, podía matarlo. No sabía que estaba a merced de los monstruos, de los verdaderos monstruos de los que nadie, porque madre nunca tuvo, le había dicho cuando niño para amenazarlo si no quería meterse al baño.

Empero, no fue de noche que se encontró con su primer monstruo, sino a plena luz del día, a las afueras de las aldeas adyacentes a la ciudadela.

Salía apenas a las seis de la tarde de la mina, con la panza y las manos vacías, algunas monedas en un bolsillo y las manos llenas de sangre y mugre. No tenía nada de comer en su cuarto porque dejar algo allí siempre significaba perderlo a las ratas o los ladrones y como casi cada tarde, fue a un lugar al que normalmente iba, con una señora a la que le tenía cierto cariño y que también lo quería a él, que le daba más comida de la que había pagado, diciendo cada día ‘¡Estos niños tan flacos, otro trocito de cerdo!’ y aunque le daba muy poco más, él siempre se lo agradecía con su reverencia más larga, con una sonrisa, con una flor cortada en el camino, con lágrimas agradecidas cuando había tenido un día especialmente terrible.

Ese día, un día especialmente terrible, realmente terrible, salió del lugar donde todos los días comía algo y escuchaba alguna historia del pueblo en boca de aquella señora o de uno que otro comensal, con los brazos y piernas tan cansados que temía sentarse a descansar y no poder pararse nunca más. En medio de la calle a la anochecida, después de un adormecedor plato de fideos, no veía más que neblina y tierra, piedras negras y calle que lo llevaba al otro lado de un pequeño arrollo y después a su cama, a su cuarto compartido con otros muchos jóvenes tan cansados como él.

Los pasos detrás de él no le extrañaron porque aunque las calles no eran muy concurridas, no era el único que iba hacia allá, ni siquiera eran menos de veinte quienes compartían el camino con él. No miró atrás, ni apretó el paso. Sus piernas tampoco podían hacer demasiado por ayudarlo a escapar y su cuerpo flaco de músculos poco sanos no le iba a servir de demasiada ayuda si alguien quería hacerle algo. Pero no había nada que robarle, no había nada que hacerle a un niño desnutrido y pobre, más pobre que ningún otro.

Cuando se distrae, cuando se deja ser pesimista, le enoja que nadie hizo nada para detenerlo, pero nadie más había en las calles y Zi Tao ni siquiera se había dado cuenta, años más tarde se lo recrimina a sí mismo. De pronto se vio a sí mismo, lo recuerda como si hubiera sido apenas unas horas atrás, entre gritos empujado por brazos más fuertes hacia el arrollo, peligrosamente hacia el cause que era bajo pero fuerte, empoderado por las recientes lluvias en el que un pobre débil mocoso como él podía ser ahogado sin mayor problema.

Entonces lo conoció, lo encontró. Esa fue la primera vez que vio el rostro joven pero duro de Jong In, arrugado de esfuerzo y de rabia, marcado por la humedad, el sudor y los rasguños de la caza, un niño como él, más joven incluso pero muchísimo más fuerte que él que iba casi desnudo en la humedad fría de esa ciudad horrible. Si su cuerpo hubiera estado en mejor condición quizás hubiera podido resistirse contra el agarre poderoso de las manos bronceadas del entonces su atacante alrededor de sus muñecas flacuchas y cenizas, pero estaba exhausto y cansado de forcejear, de llorar.
Las ganas de vivir renacieron de pronto cuando pensó lo que ese ataque podía significar y que moriría sabía muy bien, pero no quería que esa fuera su vida, no quería ser otro chico del riel que muere antes de haber crecido el bigote. Encontró un arrebato de fuerza para soltarse y alejarlo de él y en los pocos segundos que Jong In le concedió, le pidió que lo soltara, le pidió una explicación, le pidió una oportunidad de disculparse si lo había ofendido y cuando se vio acorralado una vez más por los movimientos rápidos y calculados de un niño demasiado alto, demasiado fuerte, demasiado musculoso para su edad, le suplicó con la cara bañada en lágrimas, entre golpes que cortabas sus frases, que lo dejara ir, sollozando con miedo.

Recuerda frunciendo el ceño al sol punzante que se cuela entre las rendijas de las carpas, esa su última tunda humana, los últimos puñetazos y patadas que casi lo matan. Había sentido algunos huesos romperse, algunas heridas viejas abrirse, sangre correr de sus labios y su frente. Su maltratado y adolorido cuerpo terminó de quedarse quietecito tras la paliza y no encontró más fuerza para seguir peleando, tenía la cara hinchada y las piernas débiles. Se ahogaba con la sangre que llenaba su boca a borbotones y las lágrimas no lo dejaban ver lo que no había que ver de cualquier modo.

Lloraba porque era un niño apenas, un niño que no había hecho nada mal en su vida y estaba seguro de que esto no lo merecía, la vida correcta y agradecida que llevaba no le estaba siendo justa y la impotencia lo movía a la desesperanza. Había optado por dejar de huir pero cuando llegaron al arrollo y lo tomó del cuello, empujándolo con fuerza hacia el agua y en un intento desesperado por soltarse, se giró a mirarlo a los ojos, intentando hacerle ver que a quien golpeaba, a quien jalaba como si fuera un guiñapo y pateaba como fardo de harina, era un niño como él, otro ser humano, alguien que bien podía ser su amigo.

Pero en los ojos inyectados de rabia de Jong In no encontró piedad y Zi Tao no podía seguirlo mirando borroso tras agua salada, se mordía los labios sanguinolentos para dejar de sollozar por miedo a enojarlo más y que el ataque resultara peor. Con la mente trabajando más rápido de lo que se creía capaz, su primer pensamiento cuando sus pies entraron al agua fue que si estaba atacando a un niño que no tenía en su bolsillo más de tres centavos y que no llevaba consigo absolutamente nada de valor, era porque no pensaba robarle.

Pensando lo atrapó el agua en el rostro y el escozor de la tierra húmeda en las heridas de sus manos y con la boca abierta buscando bocanada tragó agua helada que tan pronto salió de la misma lo hizo toser y retorcer, resbaladizo de mugre en las manos violentas de quien lo zambulló de nuevo en el agua, con un puño en su cabello, sosteniéndolo debajo, para matarlo, sí, no había otro motivo matarlo, ¿pero por qué? Su pobre cabeza entorpecida de pánico no hacía más que pensar en qué podía haber hecho, qué podía querer el engañosamente joven niño de él.

Una vez más, debajo del agua, inútilmente como inútil era la poca fuerza que la reserva de su voluntad le estaba regalando para resistirse a morir, gritó por auxilio. Se sintió perder la fuerza del todo, las esperanzas de soltarse, de quitar de encima de él el cuerpo que lo sostenía boca abajo contra el agua y que tan solo lo sintió ponerse laxo, sacó su cara del arrollo frío y lo dejó dar un cansado respiro. Tal vez el único antes de morir.

Pero no lo soltaba, ni lo sacaba del agua, ni decía nada. No fue sino hasta que un último y desesperado “¡Por favor!” lloriqueado sin aliento hizo a Jong In tomarlo con fuerza del cabello sucio y susurrarle con su caliente aliento en la oreja: “De ahora en más, vas a necesitar más agallas que esas, hermano.”

Por supuesto, en ese momento no entendió qué significó aquello, cualquiera con menos que un respiro de aire en los pulmones y una tunda en la espalda y los brazos, hubiera pasado por alto cualquier palabra que significara algo menos que salvación y en realidad, lo que había escuchado e ignorado, era justamente lo contrario. A los años le parecería tener todo el sentido del mundo, porque inmediatamente después, aprovechando su estupefacción, ambos por la falta de aliento y la frase a la que no encontró sentido, algo puntiagudo rasguñó su hombro y justo después se clavó bien dentro de su carne, sucia y llena de llagas, rasgando su piel como miles de pequeñas dagas hirviendo. En medio del sudor, el agua helada, el vaho de su respiración, la neblina de aquella ciudad en medio de montañas, en medio del llanto, recuerda haber pensado que moriría, que ese era un vampiro, uno de esos que nadie había visto en persona pero a los que todos adjudicaban muertes y desapariciones sospechosas en las montañas, que se lo bebería y que su vida se acabaría allí, pero la sangre caliente de su hombro y su boca siguió derramándose sin detenerse. No lo estaba chupando, sólo lo había mordido.

Después de los colmillos punzantes no sintió dolor, no sintió nada.

A la fecha, Zi Tao no sabe si era que estaba cansado de forcejear, que su cuerpo estaba agotado, si ya estaba empezando a cambiar o a morir, sólo sabe que inmediatamente después de ver las afiladas uñas en la mano grande de Jong In que tantas heridas y rasguños le habían hecho en el rostro y los brazos, perdió la consciencia.

Recuerda, cuando volvió en sí, estar a algunos pasos de esa cabaña a la que nadie iba, la cabaña donde un hombre había muerto desmembrado y donde ahora sólo vivía un niño en alguna rara especie de salvajismo, del que se escuchaba poco y que decía vivir autosuficientemente. Era la cabaña del niño bestia y cuando las cosas tuvieron un poco de sentido, Zi Tao temió terriblemente, no sabía qué era de él ni qué hacía allí, quien lo había atacado era ese joven a quien los otros niños temían, a quien las madres veían con asco cuando se dignaba a acercarse a la ciudad a vender sus leños. Sí, había escuchado de la casa del leñador, de las leyendas de su muerte, de quienes decían que Jong In era una bestia y había matado a su propio padre.

Estaba solo, pero tan pronto pensó en echar carrera comprendió que no iba a poder ir a ningún lado y que su vida estaba en peligro, en peligro de verdad. Bajo la sombra de un espeso árbol, con el tronco grueso como ningún otro, hubiera en algún otro momento encontrado cobijo y una tarde agradable, ahora ese mismo árbol servía de estaca, de poste de las que estaban lazadas las cadenas que le sostenían los tobillos pelados de piel y que lo habían hecho tropezar cuando intentó correr. No podía alejarse de las mantas llenas de sangre y hollín en las que había estado acostado, olorosas a animal y tierra, y obligándose a tranquilizar, se quedó un momento quieto viendo a su alrededor y pensando cómo irse.

Pero entonces, ya todo se sentía extraño, su propio cuerpo, el aire, el suelo, todo. Veía las cosas claras, percibía los olores frescos, limpios, claros, saboreaba casi con gusto la propia sangre de su boca. Asustado pensó si así se sentía ser un vampiro, si había sido convertido. Nada se tardó en recordar el ataque y cuando entendió, cuando recordó que los monstruos que habitaban las montañas no eran los mismos que los de la ciudad, lloró por horas. Sin embargo, además de por miedo, esta vez lloró también de felicidad de saberse vivo, porque se sentía entero, porque podía escuchar a su corazón latir, porque nada dolía, porque fuera lo que fuera que Jong In le hubiera hecho, lo había dejado con vida, con vida y más sano de lo que se hubiera sentido jamás. Sólo tenía lastimados los tobillos, el resto de sus heridas estaban cerrando ya y no le dolían los músculos o los huesos.

No reconoció el olor, porque nunca lo había visto antes, porque en ese entonces a pocas personas relacionaba con olores, así que no se dio cuenta de que estaba sentado en el pórtico de la cabaña, en su hamaca, sino hasta que le dijo que dejara de llorar y pusiera atención. Y entonces vino esa frase que lo ataría de por vida: “Tú y yo vamos a vengarlo”.

Renegó, le gritó que lo odiaba, lloró de ira, golpeó el árbol hasta arrancarle tajos, mordió las cadenas, amenazó con arrancarse las piernas, gruñó hasta babear y en realidad no escuchó ni una palabra de toda la explicación que el niño moreno en la hamaca le estaba dando mientras despellejaba una ardilla y se la comía todavía un poco cruda. Zi Tao nunca se sintió más extraño en su propio cuerpo, se sintió como si se hubiera convertido en un animal rabioso.

Unos días después de vivir en el árbol, de comer carne cruda y beber sólo el agua de la lluvia que le lavó la sangre y la porquería, que le sanó las heridas del todo cuando dejó de forcejear, Jong In aceptó soltarlo y Zi Tao recuerda muy vívidamente su primer sonrisa, cómo le extendió la mano riendo y le dijo:

“Ayer se nos pasó la luna. Ya no me odias tanto, ¿no? Mi padre me contó las cosas que le dije a él cuando me convirtió, terribles. No te preocupes, no estás muerto.”

Y tenía razón, ya no lo odiaba, ya no sentía la furia terrible que lo había hecho temblar y gritar por las noches, ya no quería romperle todos los huesos y arrancarle los miembros, sólo quería explicaciones, quería saber qué era todo lo que le había dicho y que no terminaba de entender. Ese fue el día que quiso escuchar, el día en que se convirtió en su hermano, con una taza de té y algunos trocitos de carne cocida que no se le había antojado antes.

De allí en más tuvo que acostumbrarse, tuvo que aprender a controlar su pulso, sus transformaciones, su ira; Tuvo que aprender a hacer buen uso de su olfato, su agilidad y fuerza. Como un niño pequeño tuvo que aprender todo de nuevo, qué comer y qué no, a dónde ir y a dónde no, qué decir y qué no. Jong In estuvo con él para ello, su vieja cama en las casas que rentaban los mineros quedó abandonada y eventualmente alguien más la ocupó cuando él empezó a vivir allí, en el borde del bosque con el joven huérfano leñador que ahora lo llamaba hermano y a quien Zi Tao quería querer como a un hermano, que era lo más cercano a una familia que tendría y había decidido aceptarlo así, aunque su resentimiento por el ataque aún se lo hiciera difícil y le impidiera hablarle mucho o tratarlo con cariño. Vivía al otro lado del valle de donde se encontraba la mina pero recorrer aquella distancia todos los días con su nuevo cuerpo, un cuerpo mucho más fuerte, mucho más resistente, más flexible, más sano, era nada.

Vivir aislado del resto del pueblo era el precio que pagaba por su salud de acero, por ser prácticamente invencible, por tener un hermano con quién charlar, vivir, eventualmente follar, cuando la luna estaba casi llena y sus instintos se ponían tan agudos y bestiales que por seguridad, sólo podían encerrarse juntos o salir a cazar. Sus nuevos músculos le habían dado un más arduo pero mejor pagado trabajo picando, lejos de los carros y de la cegadora luz del exterior, pero dolorosamente cerca de las muertes de los niños que empujaban los carros y que cada tantos meses morían aplastados por uno, pero además de la amargura de la vida de cualquier pobre, iba todo bien hasta que conoció al motivo de su conversión: el poderoso y escurridizo asesino que había matado al Lobo Padre y al que en esa fiesta del Sol están vigilando bajo la mirada expectante de otros como él.

Se les tiene que vigilar cada segundo con los ojos bien vivos, pues los vampiros no dejan rastro, no tienen olor propio, huelen a otros, otros humanos y otras sangres, no hacen ruido, son escurridizos y salen de caza sólo por las noches cuando saben que no están siendo vigilados por ellos.

Normalmente, y es por eso que la fiesta del Sol es una ocasión especial que no pueden perderse, no salen de día, Byun Baek Hyun, tan vestido de blanco y cubierto como su Padre, pero de pie en medio de la fiesta, de los bailes y la gente y ese al que buscan, no lo hacen prácticamente nunca; Los del burdel sin embargo, salen a socializar por la tarde, cubiertos hasta la barbilla de terciopelo grueso y cuero negro, con pesadas capas y amplios sombreros de ala ancha. Uno de ellos no está sentado en los espacios que tienen junto al gobernador, también cubierto de pies a cabeza con telas pesadas que no dejan que ni un rayito de luz se cuele hacia su piel.

La gente en los poblados lejos de la capital es morena, morena como Zi Tao y como Jong In, pero ellos, citadinos que llegaron algunos años antes de otras ciudades, de otros mundos, son blancos como la leche, pálidos y bellos, exóticos a los ojos de las mujeres y los hombres del pueblo que los respetan como si se tratara de ángeles elegantes y puros. Pocos saben que esos ángeles matan a sus hijas y hermanos, chupándoles la sangre y dejando sus cadáveres secos a las afueras de la ciudad, donde nadie los ve, en las montañas a las que sólo les toma unos minutos llegar con las piernas fuertes de un demonio cargado de la maldición de la inmortalidad y que tienen sembradas de almas como si fueran las florecillas que nunca podrán poner en sus ojales blancos, negros y rojos.

Kyung Soo, no demasiado pequeño pero tampoco suficientemente alto para sobresalir de entre la gente, serpentea hacia la fuente central de la plaza donde los niños sacan cubetas de agua para mojarse y se ofrece así, como el enemigo mortal de uno de ellos que es y aunque quieran evitarlo, todos lo miran porque lo conocen, porque lo reconocen como uno de ellos, porque es otro de sus hermanos y los vampiros saben que es una señal, que el chico, el protegido de Kai, les de así el frente, que los encare con el ceño fruncido, decidido, significa que algo tienen que decir los lobos.

En efecto. En realidad, no piensan atacar, no mientras haya gente, nunca lo han hecho en lugares concurridos, Zi Tao y Kai siempre han esperado a que el comerciante se quede solo para seguirlo. Esa es una advertencia, están cerca de su luna, eso todos los vampiros lo saben y se ve en el espeso cabello que los cubre, los ojos que se han coloreado ambarinos y lo recios que están sus músculos. Están advirtiéndoles que cuando la luna esté llena, terminarán de transformarse y que el que esté a su paso, va a sufrir las consecuencias, están débiles, no ha habido muertes en algunos días, se les ve un poco grisáceos y las circunstancias han sido tales que los lobos tienen ventaja.

El asesino no tiene escapatoria, al resto, les están diciendo que hagan espacio, que no se metan y no habrá problemas. “Retírense pronto”.

En medio de cantos y de gritos de algarabía en la única fiesta a la que toda la ciudad, todos los humanos y monstruos que viven en ese valle frío y oscuro, están invitados, en medio de las caras de niños sucias de tierra y dulces, en medio de las faldas mojadas de las señoritas, de los sombreros coloridos y banderas de algodón teñido de amarillo, el color del sol, una red de muerte se extiende desde el borde de la plaza, donde ellos hacen que escuchan a las mujercillas que les ofrecen pan y un baile, hasta donde Wu Yi Fan tira su copa de vino y se excusa con el mozo a su lado, creando una diversión de la plática que sostenía con otros comerciantes menos arropados.

Su mirada encolerizada viaja rápida hasta la de Zi Tao que al agresivo siseo que no escucha pero que ve surgir de esos labios pequeños tras los que nadie se esperaría las fauces puntiagudas que guarda, responde con un gruñido que le eriza las piernas y que asusta a una de las chicas a su lado que enojada decide jalar del brazo a la amiga que intentaba seducir a Jong In y llevársela de allí.

Jong In sonríe de lado, mirando al pequeño Byun Baek Hyun, que sin saber se acerca más y más a ellos, bajo la mirada nerviosa de la presa. No está en el plan tomarlo de rehén, pero si se acerca la suficiente, lo hará sin duda alguna, su Padre no lo dejará morir, irá por él como lo ha hecho antes.

Ya demasiadas veces se le ha escapado de las garras a Zi Tao, demasiadas veces ha sido vencido por el viejísimo vampiro al que para matar vive y demasiadas ha quedo él a poco más que nada de conseguirlo.

Pero ésta vez el plan es perfecto y van a conseguirlo, si pudo sobrevivir a la orfandad, al hambre, al socavón y a la mordida de un monstruo, para él nada es imposible.




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